El Correo. 24 de octubre de 2010. Gustavo Duch

Los precios de muchas materias agrícolas -todas aquellas que entran en el mercado global- se determinan, y perdonen el lenguaje, «por las interacciones entre la oferta y la demanda en las Bolsas más importantes del mundo». Ya saben ustedes que en el mercado del parqué no se intercambian sacos de trigo o patatas, sino que se negocian contratos de compraventa en los que se especifican cantidades y plazos de entrega. Un mercado invisible de futuros impredecibles.

Hasta hace varias décadas este modelo se encontraba, al menos, compensado por una serie de políticas regulatorias que buscaban estabilidad en los precios de los alimentos. En el comercio internacional los aranceles protegían las economías nacionales. En el comercio interno se contaba con servicios de almacenamiento público de grano, precios de referencia y cuotas de producción, como mecanismos para hacer más equilibrados los mercados. Pero, a partir de los años 90, las políticas neoliberales se diseñan para eliminar cualquier medida regulatoria. Se entablan las primeras negociaciones que llevarán a la formación de la Organización Mundial del Comercio, las primeras reformas de la Política Agraria Común, los primeros Tratados de Libre Comercio, etcétera. En su ecuación, el precio de los alimentos lo marcará desde entonces, indiscriminadamente, el mercado de futuros.

Estos mercados llevan asociada una figura, los especuladores, porque de eso se trata, de regatear con el porvenir. De comprar y esperar el mejor momento para vender; y está claro que no aguardan frente a la ventana esperando ver si llueve mucho o poco, si hiela o no. ¿Podemos generar dudas sobre las próximas cosechas, se preguntan, rascándose la barbilla? Si las noticias dicen, por ejemplo, que en Rusia hay mucha sequía… que corra la pólvora mediática, que el incendio nos favorecerá.

Sobre esto nos habla Kaufman en el reportaje ‘La burbuja alimentaria’, y explica un elemento clave en la evolución de los mercados de futuro, y consecuentemente en los precios finales de los alimentos: la llegada de los fondos de inversión a estos territorios. «La historia de la alimentación tomó un giro siniestro en 1991. Ese año Goldman Sachs decidió que el pan nuestro de cada día podría suponer una excelente inversión. Con su acostumbrado cuidado y precisión, los analistas de Goldman se dedicaron a transformar los alimentos en concepto. Seleccionaron ocho productos primarios mercantilizables y elaboraron un elixir financiero que incluía ganado, café, cacao, maíz, porcino y una o dos variedades de trigo… que a partir de entonces se conoció como Índice de Materias Primas de Goldman Sachs. Desde la innovación de Goldman, miles de millones de nuevos dólares han aplastado el suministro y la demanda reales de trigo».

Un banco de inversiones (rescatado con fondos públicos), al que luego se sumaron otros (Citigroup, Bank of America, Deutsche Bank) maneja los hilos de un derecho humano. Provocaron la crisis alimentaria de 2007 y 2008, con la terrible consecuencia de aumentar en 250 millones el número de personas que pasan hambre. Y ahora, de nuevo, están agazapados inflando la burbuja. Si se hacen realidad las promesas de reformas en los mercados financieros, una de ellas es clara y urgente.
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“Porque contar es otra forma de caminar”

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Entrevista a Gustavo Duch en La Vanguardia – 24/03/2010 (per Víctor M. Amela)

¿Qué es la perca del Nilo?

Este pescado rosado, ¿ve? Está en nuestros mercados.

¿Viene del Nilo, de veras?

Del lago Victoria. Es un pez carnívoro que introdujo la FAO para facilitar la subsistencia a los pueblos ribereños.

¿Y ha sido así?

No: unas mafias controlan esa pesca y la exportan a Europa. Esa perca se vende aquí a cinco euros. Si compra mero al mismo precio, le han timado: ¡es perca del Nilo!

¿Con qué beneficio para los ribereños?

Mínima, debido a esas mafias. Además, la perca depreda el resto de los peces del lago… Y a Europa nos llegan dos millones de raciones diarias de esa perca, ¡y en Tanzania hay dos millones de personas hambrientas!

Conclusión.

Malbaratamos el medio ambiente del tercer mundo, nos apropiamos de sus recursos naturales y les dejamos el hambre. El sistema alimentario global imperante es muy disfuncional: ¡produce el doble de alimento del que la humanidad necesita…, pero millones de personas siguen hambrientas!

¿Cómo se explica esta paradoja?

Porque tratamos el alimento como una mera mercancía más. Y hasta lo tiramos.

Cuénteme otro caso ilustrativo.

¿Recuerda el secuestro del pesquero Alakrana en aguas africanas del océano Índico?

¡Cómo no…!

Es uno de los atuneros españoles y lo pagamos todos: cuatro millones de euros de subvención europea a la pesca los metimos ahí en vez de apoyar a pescadores artesanales.

Será porque eso resulta rentable…

No lo es a la larga. En un solo viaje, cargan ¡3.000 toneladas! de atún. Si cada lata contiene 50 gramos de atún, salen ¡60 millones de latas!: una para cada español (y sobran). Repartidas entre los 2,5 millones de somalíes que pasan hambre cada día, tendrían hasta 25 latas de atún por cabeza…

Pues que se lo pesquen ellos.

Ellos no disponen de esos atuneros gigantes…, ¡por suerte para los atunes! Ellos ya vivían decentemente de su pesca artesanal…, pero nuestros atuneros esquilman su pesca: arruinados, los somalíes pasan hambre.

¿Y por eso se convierten en piratas?

¡Por fuerza! Pero ¿piratas, ellos?: ¡nosotros rapiñamos allí, protegidos por nuestras corbetas… que también costeamos usted y yo.

Pues qué cara sale una latita de atún…

La pagamos varias veces: sume subvenciones, dispositivo del ejército (100 millones de euros), rescate de marineros…, más los euros que enviamos con las ONG para paliar el hambre que ya hemos provocado…

Saldría más barato compartir la pesca.

Sí. Los “piratas” han retirado a las grandes flotas pesqueras a alta mar, ¡y vuelve a haber pesca para los pescadores artesanales! Venden sus capturas en mercados locales por 150 euros, y con eso viven con decencia.

¿Y cómo va la pesca en Marruecos?

Faenan cien barcos españoles: por eso España sacrifica a los pobres saharauis… Pescamos sardina, caballa y pulpo para conserveras gallegas deslocalizadas en Marruecos, por su mano de obra barata y explotable.

¿Algún otro abuso pesquero?

Millones de salmones se crían en jaulas gigantes en fiordos del sur de Chile, para exportar a Europa, Japón y Estados Unidos: hay que alimentarlos con toneladas de sardina, anchoa y jurel. ¡Se necesitan cinco kilos de pesca para “producir” un kilo de salmón!

¿Con qué consecuencias?

Pesqueros de arrastre esquilman la pesca frente a Ecuador, Perú y Chile: empobrecen a los pescadores artesanales, que emigran a los extrarradios de las urbes… ¡Miseria!

Y esos salmones ¿están ricos?

Su concentración contamina las aguas. Y enferman. Les echan antibióticos…, que luego ingerimos con su carne. Así también crece nuestra resistencia a los antibióticos…

Qué panorama.

Ahora están muriendo esos salmones a causa de un extraño virus…

Ay, que así empezó el virus de la gripe porcina, ¿no?

Esos cerdos son criados industrialmente, con escasas condiciones sanitarias: están en México porque los ciudadanos estadounidenses no los quieren en sus pueblos… ¡Es que 100.000 cerdos cagando y meando juntos contaminan mucho tierras y aguas!

Pero generarán empleos en México…

Generan miseria. Bastan 14 personas para gestionarlos. Y, para alimentarlos, Estados Unidos envía maíz barato, ¡arruinando a los productores locales de maíz autóctono!

¡Que lo lleven a Haití!

¡No! A Haití estamos llevando contenedores de arroz “humanitario”… que están arruinando a campesinos locales: deberíamos comprarles a ellos su arroz y distribuirlo luego entre la población.

Estamos haciéndolo muy mal, veo…

¡Este sistema alimentario global es un desvarío energético, social y ecológico! ¿Le hablo de cómo estamos deforestando y suprimiendo biodiversidad de semillas a cambio de monocultivos de soja y agrocombustibles? Es de locos. ¿O del oligopolio de la leche?

Me falta espacio para tanto desastre.

Pues se lo resumo: en vez de este sistema alimentario industrial basado en maximizar beneficios económicos, ¿no sería más inteligente apostar por pequeños campesinos, ganaderos y pescadores artesanales, locales, ecológicos? ¡No habría hambre, habría más dignidad, habría más salud!

Gustavo Duch. El Correo. 21 de febrero de 2009

La recuerdo llegando del trabajo y poniéndose a arreglar las cosas de la casa. Con ropa de una habitación a otra, tendiendo, planchando y entrando y saliendo de la cocina, donde demostraba su sentido de la organización y del ahorro. Como con su yogurtera. No era eléctrica, simplemente un recipiente grande que podía taparse bien y donde cabían nueve vasitos alargados de plástico. Su pequeña fábrica de hacer yogures para la familia -que eso era la yogurtera- se puso en marcha comprando uno en el colmado de la esquina que mezcló con leche, rellenando a continuación los 9 vasitos. Una vez colocados dentro del recipiente rellenaba éste de agua caliente, lo tapaba y lo envolvía con trapos para mantener el calor. A la mañana siguiente ya teníamos los yogures cuajados. Mi madre reservaba uno de ellos y así podía continuar su producción infinita y (casi) autónoma de yogures. Otros días teníamos de postre algo muy exquisito; bueno, a mí me gustaban mucho. El pan atrasado que guardaba de días anteriores lo cortaba en finas rebanadas y las remojaba en leche, para freírlas en la sartén rebozadas en huevo. Las servía espolvoreadas con azúcar y canela. Y el postre tiene nombre de solera: torrijas de santa Teresa.

Seguro que en muchas casas se siguen haciendo postres como estos y otros parecidos, nacidos de antiguas sabidurías del reciclaje y la dedicación. Pero seguro también que la omnipresencia de los supermercados (distribuidores oficiales de las empresas de la transformación alimentaria como Danone, Panrico o Nestlé, con sus yogures, bollería o natillas) han desplazado estas recetas. Y después llega el olvido, y se nos olvidan -casi- para siempre.

¡Los mismos conocimientos que las mujeres del campo han acumulado y aplicado para la producción de alimentos! Como explica Vandana Shiva, «los huertos domésticos que las mujeres mantienen son, muchas veces, verdaderos laboratorios experimentales informales (…)», y pone el ejemplo de India, donde las mujeres utilizan 150 especies diferentes de plantas para la alimentación humana y animal y para el cuidado de la salud. Pero de la misma manera que con las prácticas culinarias, la globalización neoliberal llegó para uniformar y desplazar los conocimientos campesinos. La agricultura de la autonomía y la diversidad, la que camina en cooperación con la Naturaleza, la que es espacio colectivo y femenino, la que ha sabido alimentar al mundo durante milenios, está siendo sustituida por la agricultura de máquinas que explotan la Naturaleza, que quieren dominarla, y para ello la envenenan, maltratan y reducen a simples e inmensos monocultivos. Que, reflejados como en un espejo, se nos muestran en los mercados con una monótona y pobre oferta de verduras y otros alimentos. Una agricultura masculinizada para dominar a nuestra Madre.