Esther Vivas es coautora del libro Supermercados, no gracias (Icaria editorial, 2007). Artículo publicado en el semanario La Directa, nº 171.
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Ir a comprar al supermercado se ha convertido en una práctica cotidiana. De hecho, un 80% de nuestras compras se llevan a cabo en grandes cadenas de distribución como Carrefour, Alcampo, Eroski, Corte Inglés y Mercadona, etc. Aunque comemos y consumimos diariamente, y muy a menudo lo hacemos mediante la compra en supermercados, pocas veces nos detenemos a pensar en las consecuencias que este modelo tiene por todos aquellos que participan en la cadena de comercialización: campesinos, trabajadores, consumidores, comercio local. Ahora puede ser un buen momento para plantearnos estas cuestiones.

Algunos impactos

La concentración empresarial en cada uno de los tramos de la cadena agroalimentaria va en aumento y el sector de la distribución no es una excepción. La dinámica en Europa, por ejemplo, apunta a una tendencia ascendente. En Suecia, tres cadenas de supermercados controlan el 95,1% de la cuota de mercado, en Dinamarca tres cadenas monopolizan el 63,8%, y en Bélgica, Austria y Francia unas pocas compañías dominan más del 50%. Cada día tenemos menos puertas de acceso a los alimentos, a la vez que el productor tiene menos opciones para llegar a nosotros. El poder de la industria agroalimentaria es total y nuestra alimentación ha quedado supeditada a sus intereses económicos.

Este modelo de distribución al detalle, que se ha generalizado en los últimos cincuenta años en el Estado español, comporta un empobrecimiento generalizado de la actividad campesina, la homogeneización de aquello que consumimos, la precarización de los derechos laborales tanto en sus centros comerciales como en aquellos que les proveen, la pérdida del comercio local, la promoción de un modelo de consumo insostenible e irracional. Veamos algunas cifras.

El diferencial entre el precio en origen de un producto (pagado al campesino) y en destino (lo que pagamos en uno ‘súper’) es una media del 490%, según cifras del sindicato campesino COAG, pero en algunos alimentos éste puede llegar a superar con creces el 1.000%, como es el caso de las patatas, los tomates, los pepinos o las zanahorias. Mientras, la gran distribución es quien se lleva el beneficio. Esta situación comporta un creciente empobrecimiento de la población campesina, con una disminución anual de su renta del 26% en los últimos cinco años. Con estos datos no nos tendría que sorprender que cada tres minutos en Europa desaparezca una explotación agraria, según datos de La Vía Campesina, ya que los pequeños productores no pueden competir con la agroindustria.

En el ámbito laboral, el trabajador está sometido a ritmos de trabajo intensos, tareas repetitivas y poca autonomía de decisión, que comportan enfermedades, como el estrés, el agotamiento, los dolores crónicos en la espalda y cervicales, etc. Además, los horarios laborales altamente flexibles, en función de los intereses productivos de la empresa, dificultan la conciliación de la vida laboral con la social y familiar, haciendo que el trabajador llegue a perder incluso el control sobre su tiempo libre.

El impacto en el pequeño comercio es devastador. Si el año 1998 había en el Estado español 95 mil tiendas, en el 2004 esta cifra se había reducido a 25 mil. El comercio tradicional de alimentos ha sufrido una erosión constante e imparable desde los años 80, llegando a ser a día de hoy casi residual.

Alternativas

¿Sin embargo, podemos vivir sin supermercados? Los grupos y las cooperativas de consumo agroecológico, la compra directa al campesino, el comercio local, las cestas a domicilio, ir al mercado… son algunas opciones alternativas que implican un modelo de comercialización de proximidad, estableciendo una relación directa y solidaria entre el campesino/el campo y el consumidor/la ciudad. Se trata de opciones de compra que van en aumento. Si antes del año 2000 en Cataluña tan sólo existían diez grupos de consumo ecológico, hoy en día esta cifra llega casi al centenar.

Esta acción colectiva en el ámbito del consumo es fundamental para empezar a cambiar dinámicas y llegar a más gente. A menudo se nos habla de nuestro poder individual como consumidores, pero aunque la acción individual aporta coherencia y es demostrativa, por sí sola bien pocas cosas podrá cambiar. La perspectiva política es clave. Por ejemplo, yo puedo formar parte de una cooperativa de consumo y optar por la compra de alimentos ecológicos, pero si no se prohíben los transgénicos llegará día en que tanto la agricultura convencional como la ecológica estará contaminada, fruto de una coexistencia imposible. Por lo tanto, hace falta movilizarnos, salir a la calle y exigir que queremos unas políticas agrícolas y alimentarias que garanticen un consumo saludable, respetuosas con la naturaleza y que tengan en cuenta los derechos del campesinado y los trabajadores.

La lógica capitalista que impera en el actual modelo agrícola y alimentario es la misma que afecta otros ámbitos de nuestras vidas: la privatización de los servicios públicos, la especulación con la vivienda, la deslocalización empresarial, la precariedad laboral. Cambiar el actual sistema agroalimentario implica un cambio radical de paradigma. Y para hacerlo la acción política y la creación de alianzas con otros actores sociales (campesinos, trabajadores, ecologistas, feministas…) es imprescindible.

Yo a los pollos les aviso para que corran la voz,
Porque van a hacer un guiso de pollitos en arroz

Canción tradicional de Veracruz. México

Utilizaremos el nombre de gripe porcina cuando se quiera trasmitir un sentimiento de soberbia, de superioridad de especie y de amos del mundo. Capaces de lo mejor y de lo peor. De encontrar soluciones a las patologías más raras a la vez de facilitar (como con el apilotamiento de los animales) el surgimiento de nuevas enfermedades.

Utilizaremos el nombre de gripe mexicana cuando se quiera enfatizar que tenemos dos mundos. Los privilegiados encerrados en su asepsia preoperatoria y los pobres que en su inmundicia van esputando microbios por el mundo. Dirán -en términos médicos- faltan barreras sanitarias, y se elevarán los muros.

Utilizaremos el nombre de gripe nueva o gripe A cuando no queramos decir nada, cuando queramos conservar el modelo informativo de la desinformación, un modelo pandémico que se ha instalado en nuestros hogares.

Utilizaremos el nombre de influenza H1N1 cuando queramos dárnoslas de entendidos, alargando -desde ese elitismo ganado con la descuarterización de las ciencias- la distancia entre el informador y el informado. Entre el sabedor y el nadalosabe.

Para acabar sugiero incorporar a este pequeño vademécum el nombre de gripe capitalista. Para cuando queramos advertir de su origen: un modelo de producción industrializado e intensivo que, desde la dominación de la naturaleza y sus otros habitantes terrícolas, se ofusca en alimentar al consumismo imperante con carne barata y otros manjares. Para cuando queramos advertir que todo este modelo productivo funciona, si funciona, desde el oligopolio que controla toda la cadena alimentaria. Las transnacionales controlan la genética animal, controlan la alimentación (los piensos) que les engordará, controlan el botiquín de las granjas que mantienen a los pollos y gallinas dopados para sobrevivir (aunque sean escasos meses) al stress que se les impone, y controlan la transformación y distribución del producto final. Para cuando queramos denunciar que hasta las enfermedades saben de clases sociales, y que posiblemente se trata de una gripe severa para los pobres sin acceso a los medicamentos, para los mayores desprotegidos, para los niños y niñas malnutridos y de un catarro común para las gentes con posibles. Para cuando queremos evidenciar el lucro de las empresas farmacéuticas y el capital que ahora, veloz cual centella, ya está depositado en dichas empresas especulando con la salud del planeta. Para cuando queremos revelar que es una gripe antisocial, que nos quiere echar de los espacios culturales, artísticos, y también de las escuelas. Que prima el individualismo por encima de lo colectivo. -Usen sus coches particulares y enciérrense en sus casas. Que prescinde del amor, del cariño, del tacto, de los besos, por cierto, el mejor antídoto aún por patentar.

Me dice Guadalupe desde DF México, que las calles están vacías, el claxon impaciente de los coches no molesta y a los niños y niñas no se les oye jugar. Y en ese nuevo silencio se descubre la sabiduría del gallo, de los pájaros y de los perros, que les da por seguir cantando, ladrando y viviendo.

Gustavo Duch Guillot